Numerosas
razones sociológicas, religiosas, históricas
definen
y encumbran el Carnaval como la Fiesta de las Fiestas
Hace tiempo que sabemos que el hombre es un animal, pero
no ha sido hasta los últimos hallazgos entorno al
genoma ese, que nos hemos dado cuenta de que el margen de
diferencia con nuestro primo el gusano o nuestro hermano
el mono es infinitamente menor de lo que se creía.
La principal las diferencias del hombre con los demás
bichos es que este es un animal que se ríe, pero
no como las hienas -que alguno podría decir-, sino
más bien, que hace fiesta. Y también, y principalmente
durante ellas, es el único capaz de salirse de su
propio centro, de abandonar su rutina diaria para celebrar
esta actividad, para burlarse de sí mismo, para ser
otro, para mofarse de la realidad.
Los orígenes
del Carnaval se pierden en el génesis de la humanidad
y tiene éste un doble origen religioso y laico, del
pueblo llano, casi pagano. No existirían sin Dios o
dioses, pero desde luego que tampoco existirían sin
tribu, sin familia, sin comunidad, sin pueblo.
Hay muy variadas
razones sociológicas, religiosas, históricas
definen y encumbran el Carnaval como la Fiesta de las Fiestas,
pero tal vez la primera la encontramos en la propia fecha:
nos encontramos en el momento en que se deja atrás
el crudo invierno y comienza a presentirse la primavera, esa
que altera la sangre, y da alegría al cuerpo, del mismo
modo que altera el paisaje y llena los campos de flores.
A la fiesta del carnaval se le atribuyen diversas paternidades
porque, por encima de todo e incluso antes que la tradición
cristiana los situase como prólogo de la Cuaresma,
los Carnavales se identifican también con esas fiestas
dionisíacas de los antiguos griegos (la orgía,
el disfraz, el descaro, la libertad...), o las fiestas en
honor a Saturno de los romanos. Durante estas últimas,
se daba libertad a los esclavos y se elegía entre las
clases inferiores al rey de los bufones. Se invertían
los conceptos: el amo se disfrazaba de esclavo, el hombre
de mujer, el libertino de puritano, el viejo de niño.
Así, y a través del disfraz, tomaba su carácter
subversivo la fiesta.
En efecto,
el carnaval es una fiesta subversiva. De ahí que la
historia de los carnavales sea una historia interrumpida por
continuas prohibiciones. Cuando la austeridad del cristianismo
se adueñó del Imperio Romano, la primera tarea
fue la de prohibir las fiestas paganas, o en su defecto, santificarlas.
Y la liturgia cristiana instaló la Cuaresma, los cuarenta
días previos a la conmemoración de la Crucifixión,
el tiempo de ayuno y abstinencia durante el cuál la
carne estaba prohibida.
Pero si la
Cuaresma era el tiempo de la austeridad, del ayuno, de la
abstinencia, de ese terrible miércoles de ceniza, en
la que la liturgia nos recuerda que somos ceniza y en ceniza
nos convertiremos, y ante la cercanía de la tragedia,
el pueblo reaccionó con el frenesí liberador
de la fiesta.
Y aquí
es donde encontramos uno de los matices más interesantes
y diferenciadores de los Carnavales como fiesta: su componente
de anticipación. En contraposición a todas las
fiestas restantes que son retrospectivas (el fin de la vendimia,
la alegría de una buena cosecha, la conmemoración
de una victoria...), el Carnaval es una fiesta previa a lo
que viene después. El carnaval se fue enraizando en
nuestra cultura como una venganza ante la Cuaresma que viene,
es el "que me quiten lo bailao".
Este componente de anticipación y venganza potencia
el valor subversivo del carnaval es lo que rompe esquemas.
En Cádiz o en Tenerife, en Carnaval, nada es lo que
parece, gracias al disfraz, donde la libertad se adueña
de las calles, donde el ingenio, la crítica y la sátira
pueden atacar impunemente al poder establecido, un maravilloso
canto al presente inmediato con toda la vitalidad que ello
encierra. Ya llegarán las normas, ya llegará
la rutina, ya llegará la Cuaresma; ahora, vivamos el
Carnaval.
Y en estos
tiempos en que los conceptos como Cuaresma, ayuno o penitencia,
no tienen el arraigo de otros tiempos, ¿quién
no encuentra razones para evadirse de la rutina, se llame
trabajo, paro o monotonía?. Y es que cada pueblo y
cada persona vive el Carnaval a su manera y no se celebra
igual el Carnaval en Río de Janeiro que en Venecia.
Y hablando de los de casa, hay muchas diferencias entre la
guasa chirigotera de los carnavales gaditanos y el derroche
de exhuberancia de los tinerfeños. Sin perder su esencia,
el Carnaval permite a cada pueblo desarrollar sus propias
señas de identidad.
Las fiestas
que cuajan son las que asume el pueblo como suyas, sin más
dictados que los de su ilusión y sus ganas, cuando
el pueblo sale a la calle y la conquista, se la apropia y
la engalana con su alegría. Así Cádiz,
cuna de la Libertad, el desparpajo y la ironía, se
encuentre en su salsa en una fiesta de estas características.
En Cádiz, los Carnavales son considerados como la fiesta
por excelencia de la ciudad. Como se dice por aquí,
es lógico que la ciudad más antigua de Occidente,
con más de tres mil años de antigüedad,
tenga todas las cartas para ofrecernos el auténtico
espíritu carnavalesco. Fundada por los fenicios para
comerciar con los tartessos, que después fue griega,
púnica, romana, visigoda, musulmana y cristiana, ha
sabido conservar el tarro de las esencias, y celebra como
nadie la fiestas de las fiestas.
Los Carnavales
de Cádiz son algo sagrado. Ni siquiera se suspendieron
en sus momentos más críticos, como cuando estaba
sitiada por las tropas francesas como se encarga lo recuerda
el tanguillo: "Con las bombas que tiran los fanfarrones,
se hacen las gaditanas tirabuzones", las tropas de Napoleón
no llegaron nunca a entrar en Cádiz.
Los Carnavales
de Cádiz se celebraron sin ningún tipo de encorsetamientos
hasta 1862, año en que pasó a formar parte del
calendario festivo municipal. Casi veinte años después
"se oficializó" uno de los elementos más
genuinos, las agrupaciones carnavalescas: coros, chirigotas,
cuartetos y más recientemente las comparsas. Además,
su popularidad compite a nivel mundial con otras fiestas españolas
como los San Fermines o las Fallas.
Los Carnavales
son todo un homenaje a la imaginación, donde los disfraces
más divertidos nos pueden asaltar a la vuelta de la
esquina, disfraces que no se encuentran en una tienda al uso,
sino que son confeccionados con arte, creatividad y los materiales
más insólitos. Esta demostración del
ingenio gaditano se complementa con la gracia y la ironía
de las agrupaciones musicales y sus letrillas alusivas.
Hay dos carnavales
en el Carnaval de Cádiz. Uno es el formado por las
agrupaciones oficiales, que tras la fase eliminatoria, con
actuaciones en el Teatro Falla, interpretan su repertorio
en tablaos instalados en calles y plazas, así como
en hoteles, restaurantes y fiestas privadas. Y luego están
los ilegales. Son chirigotas, cuartetos, romanceros o espontáneos,
que no sólo han renunciado a participar en el concurso
oficial de agrupaciones, por eso se llaman así, sino
que son los que pregonan que el verdadero Carnaval es el de
la calle, que que se hace "gratis" y sin más
meta que el regalar al pueblo su propio arte.
Están
formados por un grupo de amigos, que participan a su aire.
Las letrillas de los ilegales son las más divertidas,
subversivas y escatológicas. Recorren el callejero
ciudadano del carnaval, principalmente el Barrio de la Viña,
el corazón urbano de la fiesta, actuando cuando reúnen
un corrillo de curiosos a su alrededor, y son los que dan
mayor colorido, personalidad y atractivo a los carnavales
gaditanos. A los carnavales gaditanos hay que acercarse con
los cinco sentidos bien despiertos. Los podemos disfrutar
de dos formas, como simples turistas, o como gaditanos circunstanciales.
Podemos contemplar la fiesta como quien ve los toros desde
la barrera, o participar activamente en ella, como quien salta
al ruedo, si no con el arte de un maestro de la lidia, por
lo menos como un maletilla rebosante de afición. Ni
que decir tiene que recomiendo la segunda forma, para gozar
más de ellos.
|