Como todos ustedes saben, en la provincia gaditana se celebran
durante el año innumerables fiestas, casi todas acompañadas
de buenos vinos y de gran variedad de platos y tapas, cuya
base son los inmejorables pescados, mariscos, carnes y dulces
de nuestra zona.
Para comenzar podemos decir que nuestro tema de hoy debió
llamarse mejor que gastronomía de las fiestas, gastronomía
en las fiestas, ya que en estas celebraciones se come, pero
exceptuando honrosas excepciones, existen pocas recetas
que se consuman específicamente en ellas o podamos
identificar con una fiesta concreta. Por otro lado a la
vez que se han ido modificando los hábitos alimenticios
de los gaditanos, también lo ha hecho la gastronomía
en sus fiestas.
En la actualidad, parece que una parte del mundo garantiza
a la mayoría de sus habitantes el acceso relativamente
fácil a los alimentos. En los países desarrollados
el fantasma del hambre, generalmente permanece solo en la
memoria de las personas mayores y la elección entre
una gran diversidad de productos alimenticios, se convierte
en una posibilidad cotidiana. Realmente las sociedades industrializadas
se enfrentan ahora a problemas como la obesidad, la diabetes
y enfermedades cardíacas, derivados de la abundancia.
A la par, nuestra sociedad contemporánea se llena
de contradicciones respecto a la alimentación, independientemente
de algunas repercusiones posteriores (no quiero que se me
tache de defender las burradas cometidas con los piensos
cárnicos para las vacas o los cultivos transgénicos),
deseábamos unos rendimientos ganaderos y agrícolas
mayores, para poder comer todos, mejor y más barato,
pero nos quejamos de la desaparición de las variedades
locales (afortunadamente nuestro retinto goza de buena salud).
Necesitábamos ahorrar tiempo y evitar trabajos relacionados
con la comida y ahora nos quejamos de la comida para llevar
o los precocinados industriales. Nos quejábamos del
tiempo perdido en los múltiples actos de compra de
las viandas y ahora las grandes superficies de venta hacen
desaparecer el pequeño comercio tradicional. La industria
y la tecnología han contribuido a la homogeneización
de la alimentación y ahora añoramos la tradición
y los sabores perdidos. Como última y curiosa contradicción,
hoy, que es cuando menos se cocina en los hogares, es cuando
más libros de cocina tenemos en nuestras estanterías,
parece como si deseáramos recuperar lo tradicional,
pero lo dejáramos aparcado para cuando tengamos tiempo,
cosa que puede que ocurra o no.
Aunque no lo parezca, todo lo comentado tiene que ver mucho
con nuestro tema de la gastronomía en las fiestas
gaditanas, porque yo les pregunto, ¿cuándo
como ahora, han visto ustedes en todas las ferias y fiestas,
mas kioscos de hamburguesas, perritos calientes, baguettes,
gofres, etc., y menos de papas fritas de perol y piñonates?.
¿Cuando como ahora habían visto ustedes un
domingo de carnaval, sacar en cualquier bar o en cualquier
carrito de la calle, un saco de tortillitas de camarones
precocinadas y congeladas, de una caja que pone en su lateral
industrias de precocinados del sur, y freírsela para
entregárselas calentitas en un cartucho de papel.
En la gastronomía de las fiestas, influyen como
en casi todos los ordenes de la vida, todas las dimensiones
del ser humano, la dimensión psicológica (en
las fiestas gastamos más dinero en comer y beber
porque estamos predispuestos a ello), la dimensión
emotiva (nos reunimos en torno a una buena mesa con toda
la familia en navidad y brindamos por los que no están),
la dimensión social (felicitamos a los demás
en navidades y enviamos tarjetas de felicitación,
o somos capaces de entablar relación en carnaval
con cualquiera que se nos acerque e invitarlo a comer y
beber), la biológica (solemos recibir factura en
forma de acidez o jaqueca, de la comida y bebida ingerida
en las fiestas), y la espiritual o religiosa (las propias
fechas de las fiestas o las prohibiciones de comer determinados
alimentos, que condicionan de alguna forma nuestros hábitos
aun hoy). Aunque esto último les parezca extraño,
porque los viernes de cuaresma comemos carne y no se suele
ayunar, como decía Julio Caro Baroja en este sentido
el carnaval y la cuaresma han muerto, ¿quien de nosotros
come serpiente?, los musulmanes y judíos no comen
cerdo, a los ingleses les dan asco los caracoles y el conejo,
los indios de la India no comen vaca, etc. Estos tabúes
los debemos a las religiones y como nos decimos frecuentemente
de una religión a otras, no sabéis lo que
os perdéis.
Como dice Shacks, “no podemos dudar que alimentar
y ser alimentados, ejemplifica para muchos lo que se declara
o se implica en la definición de buena vida”.
Por esto, no es una casualidad que en la mayoría
de las ocasiones sociales y religiosas que marcan los ciclos
vitales de las personas y comunidades, estén acompañadas
de las comidas festivas, ya que de esta manera se facilita
la interacción social y se crean nuevos lazos.
La propia palabra fiesta, denota una ocasión especial,
comúnmente pública, en la que la comida consumida
es de una calidad y cantidad diferente a la ingerida en
las comidas cotidianas. En otras ocasiones, aunque los alimentos
no sean extraños ni laboriosos, la diferencia la
marca la cantidad y el modo en el que son compartidos.
Las fiestas pueden ser muy variadas en cuanto a finalidades
y complejidad, existen cuatro tipos de celebraciones básicas.
· Por un lado están las ecofiestas, que giran
en torno a acontecimientos astronómicos o estacionales
asociadas a rituales paganos. Como Halloween que se celebra
al final del verano conmemorando el cambio de año
Celta y que los cristianos asimilamos como los tósanlos
(donde se comen dulces especiales y frutos secos) o las
fiesta del Juanillo también de origen céltico
al finalizar la primavera.
· Otras son las teofiestas, que son acontecimientos
religiosos que se suelen solapar a las ecofiestas, porque
una de las inteligentes maneras de ejercer de religión
dominante es la superposición de las fechas de fiestas
en días claves de otros calendarios, como ejemplo
podemos citar las navidades (ineludible encuentro gastronómico),
que coinciden con las Saturnales romanas y conmemoran el
inicio del invierno o los carnavales coincidentes con las
fiestas al también dios romano Lupercus. Resulta
curioso que hoy, que lo que comemos nos llega más
directamente de la fábrica, que desde la granja o
la huerta, que los ciclos climáticos no nos privan
de determinados alimentos y los mandamientos de la santa
madre iglesia no se siguen con la rigidez de antaño,
que nuestras fiestas y gastronomía giren aún
sobre un eje fundamentalmente religioso.
· El tercer tipo de fiestas son las seculares, celebraciones
de carácter nacional, local o político, que
generalmente se celebran para afirmar el sentimiento de
identidad colectiva, por ejemplo el día de la Constitución
Andaluza, el de la independencia en Casas Viejas/Benalup
o el 4 de julio de la independencia americana, caracterizado
por reunirse la familia a comer un enorme pavo.
· Por último las fiestas personales como
bodas y cumpleaños donde lo singular es la reunión
en torno a la tarta.
Todos estos ejemplos evidencian que los alimentos, no solo
forman parte de la fiesta sino que hacen la fiesta, siendo
a menudo el elemento central.
Otro aspecto a resaltar cuando hablamos de la gastronomía
de las fiestas, es que en estos tiempos en los que se vende
lo tradicional como artículo de consumo turístico,
nuestras procesiones de semana santa, nuestras saetas, las
tapas, la cocina, seamos envidiados por aquellos que no
tienen esas tradiciones, y algunos pueblos influidos por
el aspecto comercial del asunto si no lo tienen tiendan
a inventárselo. La cocina internacional tiene innumerables
ejemplos de esto:
· El Chop-suey, no es una receta tradicional China,
está hecha a medida del turista americano y tiene
escasamente cincuenta años.
· La Vichy-soise, no es una receta tradicional francesa,
sino un invento de un cocinero de un hotel de Nueva York.
· Los Chiles con carne es un invento tejano, calificado
por los mejicanos como una auténtica bazofia.
· Las tortillitas de camarones se inspira en la
Tempura japonesa y tampoco es tan antigua como creemos.
Lo que nos lleva a afirmar que la gastronomía tradicional
es una realidad imaginada, construida por cada uno de nosotros,
como nuestra nación, nuestra ciudad o nuestras relaciones.
Si preguntamos a cualquiera de ustedes que es cocina tradicional,
se referirá a los platos tradicionales que se hacían
en sus casas, algún libro recientemente leído
y al comentario escuchado por la radio de un reputado gastrónomo,
añadirá seguramente cosas de su propia imaginación,
que además de introducir elementos en nuestra construcción
es la que une las partes, y con ello tendremos una versión
de las cientos de miles de versiones, de lo que es gastronomía
tradicional.
Hemos dado un buen repaso a los elementos que influyen
en la gastronomía de nuestras fiestas, pasemos ahora
a entrar en berenjenales. Tomaremos el carnaval, la cuaresma
y la semana santa como un continuo caracterizado gastronómicamente
en la antigüedad por un periodo de desenfreno, y otro
de abstinencia y ayuno, sobre todo de la carne y sus derivados.
Carnaval.-
En primer lugar la palabra carnaval fue acuñada por
los italianos, mucho después de que esta fiesta ya
tuviera las connotaciones actuales, quiere decir “vale
la carne”, por supuesto de todo tipo, no podemos restar
ni un poco de la importancia que lo sexual tiene en estas
fiestas. Ancestralmente durante las Lupercales se comía
y bebía hasta caer exhaustos, era un momento propicio
para el amor y los soldados se vestían de mujeres
y correteaban a las doncellas, curiosamente el romano en
estas fechas se quitaba la mascara en vez de ponérsela,
ya que para ellos la máscara era lo que para nosotros
sería hoy el rol social cotidiano.
Actualmente el carnaval se ha desacralizado y perdido su
relación (excepto por las fechas) con la religión.
Gastronómicamente hablando, ha dado un giro comercial
peligroso para nuestros estómagos. En Cádiz
esos días es difícil comer bien, de ahí
que los buenos aficionados al llantar, terminemos en muchas
ocasiones, como refería Manuel Fernández Trujillo
recientemente en nuestra web, recurrir a la fiambrera.
Cocina propia de las fiestas no tenemos, aunque sí
una serie de eventos para atraer al público a determinadas
zonas de la ciudad, estos los organizan fundamentalmente
las peñas y algunos de ellos son: la pestiñada,
ostionada, pulpada, ortigada, berzada, panizada, y hasta
34 celebraciones en la provincia, de las cuales 12 pertenecen
a la capital gaditana. Se inicia el periplo con la pestiñada
unos 30 días antes del primer sábado de carnaval
y termina una semana después del domingo de piñata
con el final del carnaval de la provincia. Consiste básicamente
en escuchar a las agrupaciones en sus ensayos generales
o tras el concurso, disgustando más que degustando
el producto en cuestión, tras un buen rato de guardar
cola, varios codazos y empujones, ver como se cuela el listo
de turno y escuchar la bronca de María a su hijo
que ni quiere, ni sabe, ni le interesa esperar, llegamos
al fin a la tan ansiada y escasa ración y a su correspondiente
copita. Buena voluntad no le falta a los organizadores,
que además cumplen su misión de atraer al
foráneo, que es de lo que se trata, nosotros ya estamos
aquí.
Ya en faena, lo mejor, como decíamos antes, está
en las fiambreras: algún cazón en amarillo,
croquetas caseras, ropa vieja, papas aliñás
y buenos bocadillos de carne mechá y embutidos de
la sierra. Nuestras freidurías tradicionales suelen
mantener el nivel de siempre, los choquitos, las ruedas
y el adobo, si no le han metido rapidez a la freidora, son
reconocibles.
Lo pasable está en algunos restaurantes que mantienen
cierto nivel en las fiestas, pero por agradar a todos, medianean
con la mayoría.
Lo peor, salvo contadas excepciones, está en los
que pretenden hacer el agosto en febrero con malos encurtidos
y salazones, mal marisco, pescado y tortillitas fritos en
aceite infame, etc.
Siempre queda el consuelo de que al volver a casa nos comeremos
esa buena berza o ese caldo del puchero con picadillo, eso
si preparado del día anterior para no tener que esperar,
tras siete u ocho horas de pié en la plaza.
En la provincia quedan dos dulces con reminiscencias de
carnaval, las tortitas del carnaval de Olvera y los buñuelos,
más propios del carnaval canario, que se consumen
en algunos pueblos de la provincia, y que alguien hace algún
tiempo parece que importó.
Cuaresma.-
Con la cuaresma ocurre un fenómeno curioso, a pesar
de no existir ya una gastronomía específica,
porque las recetas tradicionales de cuaresma las comemos
todo el año y porque no solemos respetar las recomendaciones
eclesiásticas, sí acudimos al recetario de
la abuela y al mercado de lo fresco, cosa por otra parte
muy saludable, resulta inevitable que entonces nuestra cocina
se inunde de olor a bacalao en tortillitas, con papas, con
garbanzos, a alcauciles con habas y chícharos, a
espárragos trigueros y a tagarninas. Actualmente
no solemos privarnos de la carne como antaño, pero
ciertamente nuestro recetario tradicional nos lleva a consumirla
algo menos.
Semana Santa.-
Acercándonos a la semana santa, las torrijas, el
arroz con leche y los roscos, nos hacen prestar atención
a otra de las fiestas grandes del gaditano que vive con
tanta pasión como el carnaval. El tapeo o una ligera
cena en bares o restaurantes, es inicio fundamental para
una noche viendo procesiones, después, un pirulí
de la Habana o un Topolino en los italianos ya tradicionales
hace tiempo en Cádiz, todo ello mientras vemos el
palio bamboleándose. En la provincia de Cádiz,
en Andalucía y en España, se vende la gastronomía
de la semana santa, igual que procesiones y saetas, como
espectáculo turístico. Bien está y
sanea nuestras economías, pero no se porqué
siempre me recuerdan ese trozo de la obra de “El Joglars”,
en el que el pastor protestante americano intentaba convencer
a los demás, cristianos, ortodoxos, etc., para que
comercializaran el Kepchups Crist, mezcla del cuerpo y la
sangre de Cristo, que los haría ricos.
En todas las fiestas generación tras generación,
se nos cuelan inevitablemente otras tradiciones, por ejemplo
la de los huevos de pascua, ahora de chocolate pero antaño
no, estos tienen su origen en el siglo IX, en el que la
iglesia prohibió comer huevos durante la cuaresma,
por considerarlos producto animal como la carne, esto duró
hasta 1784. Para poder conservarlos mejor y consumirlos
tras el domingo de resurrección, se cocían
y se pintaban para diferenciarlos de los frescos.
Ferias.-
Inmediatamente tras la semana santa, comienzan por toda
la provincia de Cádiz, las ferias y romerías
que van regando el calendario hasta bien entrado el verano,
tienen sus antecedentes en las fiestas de exaltación
de la primavera Griega y Romana. En estas celebraciones
tampoco tenemos una gastronomía especial, pero si
es cierto que en muchas casetas, previo pago de lo que en
muchas ocasiones podríamos llamar impuesto revolucionario,
se comen platos típicos de la zona de verdadera altura:
rabo de toro en la de Jerez; langostinos, acedías
y tapaculos en la de Sanlucar y un largo etcétera,
por supuesto todo regado por los inmejorables vinos finos
y manzanillas de estas tierras.
Otras fiestas.-
A finales del verano coinciden varias fiestas, como la de
la sardinada y semana del mar de Barbate, donde la sardina
asada es la reina de la fiesta o el trofeo Carranza y sus
miles de barbacoas playeras, de ahí hasta la navidad
podemos nombrar: la fiesta de la Urta de Rota, donde concursan
profesionales y particulares por la mejor receta de este
pescado a la roteña. La romería del cerro
de los mártires en San Fernando, donde la última
semana de octubre se meriendan tradicionalmente castañas,
nueces, piñones y membrillo. Los tosantos celebrados
en toda la provincia, donde se consumen avellanas de los
toros, castañas y nueces. Las fiestas de Trebujena
el primer domingo de diciembre, donde se celebra la llegada
del mosto joven y se comen los garbanzos como conejo (que
no con conejo), en el resto del marco de Jerez ese mosto
se recibe con un buen ajo caliente. Seguro que me dejo en
el tintero alguna fiesta y algún plato que ustedes
conocen, espero que me sepan perdonar.
Navidad.-
La navidad es una fiesta entrañable y sobre todo
familiar, en esta fiesta el deseo de agradar y de disfrutar
de lo mejor en todos los sentidos, crece hasta el máximo
posible. Cuando hablamos de la navidad no podemos ni debemos
olvidar, que nuestra religión entronca directamente
con la judía y que esta celebra con cordero cualquier
fiesta y tiene al pescado como base de su alimentación,
también en lo referente al cordero y a los dulces
que se consumen en esas fechas, tienen enorme importancia
los 800 años nada menos, en los que los árabes
eran los cultos y los europeos los bárbaros, periodo
en el que tuvimos el honor de ser con ellos un gran pueblo,
a pesar de lo que mentes calenturientas y con poca base
histórica nos quieran hacer creer.
En navidad parece explotar la culinaria de las fiestas,
lo familiar, lo social y por ende lo emotivo, se traduce
en la mesa, donde el pescado, el cordero, el pavo y los
pestiños, son en la provincia los reyes tradicionales.
El pavo fue el último en llegar con el descubrimiento
de América, y se comía en las mesas reales
como un manjar de dioses, sustituyendo al capón o
el pavo real consumido hasta entonces. En torno al pavo
en las casas gaditanas, se hacía una auténtica
fiesta, quien no ha escuchado contar eso de que el pavo,
que llegaba a casa vivo, era tan grande que parecía
un avestruz y Manolín, el chiquitito, se montaba
a su grupa. De él, después de matarlo y desplumarlo,
todo un ritual, salían varios platos, el caldo con
las partes menos nobles, el arroz con los menudillos y el
guiso trufado o en pepitoria.
El pescado de roca (pargo, urta, dorada, etc.) generalmente
en la bahía de Cádiz y el besugo o voraz en
Tarifa y el campo de Gibraltar, son también reyes
en las mesas navideñas, a la parrilla, al horno con
patatas, a la espalda o de mil formas más.
El cordero o cabritillo en caldereta, troceado con manteca
y al horno o frito con ajos, es un plato sublime. Los embutidos
de la sierra de Cádiz también cuentan con
su espacio, así como nuestros apreciados mariscos.
Entre los dulces, los pestiños significaban también
junto a los roscos, y a las tortas, una ocasión especial
de reunión y fiesta en su elaboración.
No podemos olvidar los vinos y licores, habituales en
las mesas sobre todo navideñas, y a la abuela que
a pesar de su edad, esos días no se privaba de un
chupito, tras el cual siempre comentaba “quien estuviera
aquí el año que viene”.
Como fiestas especiales en la provincia esos días
de navidad, podemos nombrar las típicas Zambombás
de la zona de Jerez, donde se consumen gran cantidad de
roscos y pestiños. Las Candelas de Puerto Serrano,
donde se despide el año con buñuelos, uvas
y chocolate caliente.
En navidad, nuestro deseo de ofrecer a los demás
lo mejor, nos lleva a nutrir nuestras mesas con viandas
y postres no tan gaditanos, pero indiscutiblemente ricos
de comer, así el salmón, el pato y sobre todo
los dulces alicantinos y toledanos (de estos últimos
procede el turrón de Cádiz), se han convertido
en referente tradicional de la navidad, al igual que el
roscón de reyes, que por cierto nos llega de Francia
con masa de brioche.
Tras la navidad el ciclo vuelve a empezar, la tecnología,
las nuevas modas y el mestizaje inevitable de las culturas,
modificarán nuestros futuros hábitos en las
fiestas, en las viandas que comemos en ellas y en su preparación,
pero fiestas y gastronomía permanecerán unidas
“per secula seculorum”.